Archivo de la categoría "Rescatando la memoria"

Elegías

Viernes, 27 de Marzo de 2009

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El 8 de agosto de 1936, con el sol despuntando y un olor a pólvora y muerte inundándolo todo, Manuel de la Peña Maestre, sanitario militar retirado, era fusilado en Larache por negarse a secundar el alzamiento. Su hijo, mi abuelo Manuel, lo vio todo desde su celda de la prisión militar, mientras su condena a muerte era permutada por reclusión indefinida hasta nueva orden. “Con un Peña por hoy es suficiente”, habían dicho. Un mechón blanco acompañó desde ese día la fisonomía de aquel joven muchacho, enjuto, alegre y nervioso, que se había dado de bruces con la muerte, y ésta decidió pasar de largo…
De aquella terrible experiencia de ver morir a un padre fusilado, nació este poema, esta elegía, que ha formado y forma parte de mi patrimonio sentimental y de mi legado familiar:

Era un hombre de barbas patriarcales
y entereza de apóstol en el alma,
que llevaba al dolor de los humildes,
la caricia, hecha luz, de su mirada.

Y murió en hombre digno.
Sin lamentos, ni lágrimas.
Una mañana de leños infinitos,
en una tierra inhóspita y árida,
cayó su cuerpo acribillado
por el fuego cruel de la metralla.

” -Dile a madre que muero como un hombre.”
Y como un hombre murió, sin una lágrima.

Manuel de la Peña, Poemario a dos voces, ed. La Factoría de ediciones.

Muchos años después, mientras preparaba la edición de sus textos fui yo quien le dedique a él esta Elegía de invierno.

Hace unos días Miguel Ángel Yusta, admirado poeta y entrañable amigo, quiso dedicar a la memoria de mi abuelo este poema que él había escrito a su padre tras la emotiva vivencia de su pérdida.

Han pasado los días
y aquella primavera no regresa.
Tú contemplas ya el mundo desde el fondo
de tus muros abiertos hacia el cielo.

Han pasado los días
y se sosiega la desesperanza.
La luz proporcionada del ocaso
se prende de alfileres en las ruinas
de una ciudad sin límites.
Apenas ya resuenan tus pisadas
grises de niebla y de silencios largos.

Has dicho adiós y basta.

Y sin querer marcharte me posees
en una claridad de tu morada
que comparto cogido de tu mano
senil y encallecida.

Ahora camino solo
portador de los grises pensamientos
donde cuelgan las huellas de tu paso
silencioso y pesado.
Ya no escucho siquiera tus ausencias,
tampoco el martilleo denso y duro
de un corazón dormido eternamente
que latió por mis luces y mis sombras.

M. Ángel Yusta

Los versos van al viento sin esperar laureles. Son libres y fecundos, germinan en la tierra de quien quiera recogerlos y acogerlos. Poesía para todos, libre, deshabitada. Poesía del amor, y de la muerte…Poesía que ilumina las sombras de los muertos, los oscuros recodos, conjurando el dolor y la desmemoria, conjurando el olvido y el silencio.

Mirando a España.

Lunes, 16 de Marzo de 2009

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A Dalia Álvarez Molina, que me contó esta historia. A sus abuelos Lola y Juanel, queridísimos amigos de los míos,y a su madre, Aurora, que es testigo vivo de aquellos tiempos convulsos.

Una vez al año, coincidiendo con el inicio de las vacaciones de verano, Julia y su familia, junto con otras familias de exiliados, viajaban a Hendaya.
No habían elegido aquel destino estival por sus monumentos, ni por sus hermosas playas, ni por su interés histórico o artístico. La razón era meramente sentimental, incluso “estratégica”, según se mirara: era el último pueblo de la frontera, ese muro invisible y doloroso que les separaba de sus raíces, de su pasado, de su identidad.
Desde allí podían ver las playas de Hondarribia, mantener el vínculo, nutrirse de recuerdos y de melancolías. Allí llevaban a sus hijos y a sus nietos para que no olvidaran de dónde procedían y cuál era el lugar al que debían volver. Porque ellos volverían, algún día, no sabían cuándo, pero volverían. Nunca deshicieron del todo su equipaje, nunca llegaron a echar raíces, nunca renunciaron al regreso.
Aquella era su estrategia de supervivencia: mirar a España; asegurarse de que seguía allí, esperándolos, aguardándolos para acogerlos de nuevo en su seno, para arroparlos en el supremo trance de la muerte.
Después de tantos años, morir en España era la única razón para seguir viviendo.

La memoria herida, ed. Bubok

Mujeres en la memoria

Domingo, 8 de Marzo de 2009

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Hace más de setenta años un grupo de mujeres valientes y luchadoras fundaron en Valencia la Federación Nacional de Mujeres Libres. Mi abuela, Carmen Martín Gago, fue una de aquellas mujeres anónimas que formaron parte de un innovador proyecto que, por sus ideas avanzadas, no fue suficientemente comprendido en aquella España de los años 30. Mujeres como Lucía Sánchez Saornil, Mercedes Comaposada, Consuelo Berges, Suceso Portales, Conchita Liaño o Lola Iturbe se lanzaron a defender en aquellos tiempos convulsos, los derechos básicos que debía tener toda mujer.
Hace ahora setenta años (en marzo de 1939) aquellas mujeres pagaron muy cara su “osadía”: exilio, cárcel, expropiación de sus bienes, pérdida de sus empleos e inhabilitación para ejercerlos…Todo en el mejor de los casos.
Las veces que mi abuela rompía su silencio, al que le habían obligado tantos años de represión, siempre era para hablarme con vehemencia y emoción de su experiencia en Mujeres Libres. A pesar de haber sido diezmadas, dispersadas, silenciadas y olvidadas, sus ideas siguen vigentes. Sólo hay que asomarse a algunos de sus escritos, para comprobar cuánto les debemos cuando disfrutamos de cosas tan obvias como la libertad sexual, la libertad de opinión, el derecho a la enseñanza y el acceso a la cultura o al mundo laboral.Siempre me pareció que eran increíblemente avanzadas aquellas mujeres dispuestas a reivindicar su papel en la sociedad, la igualdad real. Me parece estar escuchando las conversaciones que mantuve hace años con mi abuela: ” Queríamos emanciparnos, liberarnos, adquirir plena conciencia de nuestra condición. Ser dignas, útiles, cultas…No queríamos depender de los hombres, sino ir junto a ellos, codo a codo. Caminando sin complejos, sin sumisión, sin miedo. Queríamos decidir sobre nuestras vidas: decidir en el amor, decidir en el trabajo, decidir en la política, decidir en la maternidad…”
Mujeres como Pilar Molina Beneyto o Marta Ackelsberg han hecho una estupenda labor de estudio y recuperación de la memoria histórica de estas mujeres, pero a mí me gustaría rendirlas un pequeño homenaje literario, y rescatarlas así del olvido al que las condenaron setenta años de historia.
Si algo aprendí de mi abuela es que nunca debemos renunciar a la utopía. Sus sueños de un mundo mejor y más justo en el que las mujeres recuperáramos el lugar que siempre debimos tener, son el testigo entregado, la antorcha de luz que debemos tomar las mujeres de este nuevo siglo. Nosotras, las nietas de aquellas mujeres libres, pertenecemos a una estirpe de mujeres luchadoras que, aun diezmadas, vencidas y amordazadas, supieron sembrar en nosotras la semilla de sus ideales, y sus enseñanzas han conseguido germinar, tímidamente, a través del tiempo y la memoria. Aún queda mucho por hacer,sobre todo en algunos países, pero las conquistas conseguidas no deben ser silenciadas y ninguneadas en la larga historia de la lucha social de la mujer. En agradecimiento y como homenaje a todas ellas, seguiremos adelante. Porque otro mundo es posible, para las que ya no están, para las que todavía estamos y para las que un día estarán.

(Prólogo al libro La memoria herida, ed. Bubok)

Murió el poeta, lejos del hogar

Domingo, 22 de Febrero de 2009

Hace setenta años, en la fría primavera de 1939, “lejos del hogar” y “cubierto por el polvo de un país vecino”, murió Antonio Machado.
Los que le vieron pasar la frontera, enfermo, desolado, desesperanzado, sabían que le rondaba la muerte, y que aquella tristeza, amarga y profunda, era un equipaje difícil de llevar.Las palabras de su hermano Jose Machado no dejan lugar a dudas :
“El Poeta(…) parecía una verdadera alma en pena entre aquella desasosegada multitud…El alba nos iba a encontrar a todos mucho más viejos que cuando llegamos…El frío del amanecer se sentía hasta la médula de los huesos…El Poeta entumecido y agobiado guardaba el más profundo silencio viéndose rodeado de todas esas gentes(…) que recogían sus pobres bagajes de maletas, sacos y bultos, para seguir el triste camino del destierro”.
En esa última noche antes de pasar la frontera, Tomás Navarro Tomás y Corpus Barga hablan con Machado poco antes de emprender la marcha definitiva . Todos coinciden en el desánimo que embargaba a aquel hombre que unos meses antes había escrito en el periódico Voz de Madrid: “En el segundo aniversario de la sublevación militar con que dio comienzo la guerra de España, los leales al Gobierno legítimo de la república tenemos una plena conciencia de nuestra posición y de nuestra fuerza.(…) Luchamos sin ánimo de rendirnos, seguros de la victoria, seguros sobre todo de merecerla.”
Colliure le vio morir (a él y a su madre) y le ofreció la tierra que la España vencedora no podía darle: un último lecho donde descansar, para siempre, envuelto en una bandera republicana… Su último verso, encontrado entre sus ropas, estremece por su sencillez y su inmensa nostalgia de lo que era irrecuperable: “Estos días azules y este sol de la infancia…”
Se nos murió el POETA, lejos del hogar, deshauciado, vencido, huyendo de la barbarie y la venganza. Corrió la misma suerte que los que, como él, apoyaron la causa de una España que quería vivir y a vivir empezaba, de una España que quiso mirar al futuro y no encontró sino la dialéctica de los puños y las pistolas.
Hoy quiero rendir homenaje al hombre y al poeta, y a todos aquellos que, como él, nunca pudieron volver…

La memoria herida: “Un día de verano”

Domingo, 15 de Febrero de 2009

Este relato está basado en hechos reales. Siempre me pareció interesante reconstruir la memoria con anécdotas, y me preguntaba qué planes tenían las personas para aquel aciago verano del 36. La ruptura de la cotidianeidad, de la vida común, parece poco, pero forma parte de aquella tragedia histórica. Yo transmito lo que me contaron los míos, con mucho de verdad y algo de literatura…

Habían hecho muchos planes para aquel 18 de julio. Conchita y su hermano Guillermo llegarían a buscarla pronto, y juntos irían al Retiro. Era una pena que no viniera Elena, la catalana; pero la joven maestra había preferido pasar el verano en el pueblo donde tenía su destino. Allí los estarían esperando Rafita y Fernando, que ya tendrían cogido el sitio en la cola para alquilar las barcas. Después comerían unos bocadillos y se reunirían con el resto en el Ateneo. Era un estupendo plan para un cálido sábado de verano.
Pero nada salió como habían planeado: Rafita, con sus alpargatas y su camisa blanca se fue a tomar el Cuartel de la Montaña con otros compañeros del sindicato; Fernando pasó todo el día en la sede del partido, en Fuencarral; Guillermo y Conchita no salieron de casa porque su padre, monárquico convencido, cerró la puerta con llave y dijo que una cosa era jugar a ser revolucionario, y otra muy distinta, irse a serlo de verdad.
¡Qué insólito día de verano! Tenían veinte años y toda una vida por delante…Pero aquella mañana el aire trajo un extraño olor a muerte. En tan solo unas horas, el verano dejó de ser verano y un viento gélido heló sus corazones.
Sus vidas se precipitaron al vacío. Fueron engullidos por el vertiginoso túnel de la historia: la hoz, el martillo, el puño, la bandera rojinegra, los panfletos, las proclamas, las reuniones… Soldados improvisados, enfermeras improvisadas, resistentes improvisados… “A las barricadas”, “Ay Carmela”, “El ejército del Ebro”, “Puente de los Franceses”… ¡No pasarán!, ¡No pasarán!… ¡Y vaya si pasaron! Llegaron con sus báculos, sus águilas, sus yugos y sus flechas. Todo se oscureció. Se acabaron los ateneos, las casas del pueblo, los libros, las revistas, las discusiones políticas, los sueños de libertad. Iban a pagar cara su osadía, sus deseos de cambio, sus ventanas abiertas.
Había llegado la hora de la venganza. Algunos habían conseguido huir, pero ella, con un niño de pecho, una madre enferma y su compañero desaparecido, ¿dónde podía ir? No podía sino aguardar, dejar pasar el tiempo, aferrarse a la esperanza y al instinto de supervivencia. Tal vez no fuera suficiente, pero era lo único que le quedaba. ¿Y es que acaso no hibernaban muchos animales, esperando así el regreso de la primavera?

La memoria herida,ed. Bubok

Visita al penal

Lunes, 2 de Febrero de 2009

“¿Qué hice para que pusieran
a mi vida tanta cárcel?”
M. Hernández

“Muros de silencio,
tapias de ladrillo(…)”
Manuel de la Peña

Este relato está basado en hechos reales. Mi abuela me contó cómo cada mañana, en aquella eterna posguerra, se preparaba para visitar a mi abuelo en el penal de Alcalá de Henares ( su triple delito: creer en la libertad, creer en la igualdad y creer en la fraternidad…), y andaba todos esos kilómetros a pie acompañada de otras mujeres y de mi padre, que no era más que un niño muy pequeño, para que mi abuelo pudiera abrazar a su hijo y mitigar en algo su profundo dolor y su tristeza. Corría el año 47, casi diez años después de la contienda…

Todas las mañanas un grupo de mujeres de diferentes edades, con niños en brazos o agarrados fuertemente de sus faldas, embarazadas, enfermas o simplemente cansadas, emprendían el camino hacia las cárceles. Como una caravana de infinita tristeza, caminaban dispuestas a ver a sus hombres (padres, maridos, hermanos, hijos…). En sus cestas y bolsas llevaban lo que habían podido conseguir: tabaco, cerillas, algo de comida, una camisa limpia, unos pañuelos… Recorrían los senderos cabizbajas, tirando de sus cuerpos, arrastrando los pies, soportando el calor, el frío, la lluvia, el polvo. Pero nada de aquello importaba si ellos estaban vivos, si las dejaban verlos.
Aurora formaba parte de aquellas mujeres que un día creyeron que todo cambiaría, y ahora se arrastraban por los caminos con el único afán de sobrevivir.
Creían que si no se dejaban ver, si no hablaban más de lo necesario, si pasaban desapercibidos… Pero todo fue inútil; una vecina habló, se había quedado viuda con tres bocas que alimentar y una sola cartilla de racionamiento. ¡Al menos le habían conmutado la pena de muerte por la de treinta años!
Parecía mentira que toda una generación de hombres jóvenes, idealistas, dispuestos a empujar la historia, a no quedarse atrás, estuviera pudriéndose en los penales. Carne de presidio, eso eran para los vencedores. De los que habían conseguido sobrevivir muchos se vieron empujados a la diáspora del exilio; otros agonizaban entre rejas, se consumían en los patios grises de las cárceles. Y otros eran utilizados como esclavos, construyendo mausoleos para mayor gloria del régimen.
Cuando no podía ir a verlo mandaba algún mensaje con el paquete que otras mujeres llevaran. Entre ellas funcionaba una red de ayuda mutua y solidaridad que las dignificaba en medio de tantas humillaciones. Se sentían parte de un mismo tejido, de una macabra tela de araña que asfixiaba sus vidas y las de sus seres queridos. Cuando había un indulto lo celebraban juntas, y cuando alguno de ellos era ejecutado o moría en su celda, también lloraban juntas.
Al caer la tarde se disponían a regresar a sus casas por el mismo camino. Volvían sobre sus pasos, un poco más tristes, un poco más solas, un poco más cansadas. Inmersas en sus pensamientos (“a mis soledades voy/ a mis soledades vengo”), envueltas en su pena. Huecas, secas, macerando en su mente las palabras que no se atrevieron a decirles, para no hacerles más daño, para no arrebatarles la poca esperanza que aún les quedaba. ¡Que no las vieran tristes, ni hundidas, ni desesperadas! “Todo bien, muy bien, no te preocupes”. “Estamos moviendo papeles, ya verás como pronto estás en casa”.
Había hecho del soliloquio su válvula de escape. Y al llegar a la casa, cuando todos dormían, despertaban las palabras y, casi a oscuras, en unas pocas cuartillas usadas,a solas con su pena y su derrota, Aurora daba rienda suelta a su dolor:
“Te vi entre los barrotes.
Acaricié tus manos,
tu rostro macilento,
tu dolor infinito…
Y no poder besarte,
no poder abrazarte,
no poder consolarte,
no poder restañarte las heridas.
Me llevo la sonrisa
que intentaste esbozar con los labios partidos,
llagados, doloridos.
Me llevo tu sonrisa,
prendida en el ojal de la solapa
de mi vieja chaqueta…
Me llevo tus caricias, prometidas, soñadas.
Me llevo tu ternura, tu mirada llorosa.
Me llevo lo que puedo,
para seguir viviendo
en esta soledad que compartimos ambos.
Y te dejo mi sombra,
cuanto queda de mí,
lo poco que resiste,
lo que nos han dejado…
Y me vuelvo a la nada de nuestra pobre casa,
de nuestra pobre mesa, de nuestra pobre cama.
Y me vuelvo al silencio de las mañanas frías,
de las eternas tardes,
de las noches insomnes.
Vuelvo a mi vida rota,
desperdiciada,
absurda…
Apartada de ti.”

La memoria herida y otros relatos,ed. Bubok

Quisiera que esta entrada sirviera para denunciar la situación de todos los presos políticos y de conciencia, que, tanto en tiempos ya pasados como ahora, se vieron, se han visto y se ven, privados de su libertad y su palabra. Que la historia de aquellos que lo fueron no caiga en el olvido, y que la de los que aún lo son no sea silenciada.

Tejiendo historas: Tres hermanos

Lunes, 26 de Enero de 2009

Mi abuela me contó su historia muchas veces, mas no por repetida resultaba menos dolorosa. La historia triste y dramática de los Martín Gago era la misma que la de otros españoles. Pero ella no se la calló, y me la contó, para que yo supiera de dónde venía, cuáles eran mis orígenes, cuál era mi herencia y mi pasado. Los Martín, los Peña, como tantos otros.

-¡Carmen, niña! Estate quieta ya, que te vas a arrugar el vestido…¡Fernando! Avisa a tu hermano Rafael que tenemos prisa y seguro que se ha escondido en algún armario.
-Pero madre, si es que a mí no me gustan las fotos…
Hay que ver que niños más guapos tiene usted, señora. ¡Si es que da gusto fotografiarlos! Sí, sí. Si guapos son un rato, pero “joíos”… Eso lo pensaba, pero no lo decía, porque María Gago era una andaluza muy graciosa, con ese fino humor y ese acento saleroso que se gastan los de la tierra del sol , de los naranjos en flor y del cante profundo, pero también era una señora, guapa, con clase, inteligente. Con esa inteligencia intuitiva de las mujeres de su época, a las que no se las preparaba para pensar, sino para cuidar a su familia. Y, total, para qué quieren saber, si para eso ya están sus maridos… Ella formaba parte de aquella clase media madrileña que vivía holgadamente en aquellos días tranquilos y felices del año 17, una clase media complaciente, conservadora y monárquica (aunque su padre, Pedro Gago, era un masón como la copa de un pino que fue marino y trabajó muchos años en las aduanas de diferentes puertos: en Huelva, en Sevilla, en Málaga, en Canarias…) . Su marido, Atilano Martín, era un hombre más serio, taciturno, un salmantino hermético que no supo resistirse al duende y al encanto de aquella joven que le sonreía en todo su esplendor desde un ventanal de Isla Cristina. Ella dejó su mar para seguir al hombre que la amaba, pero pasó toda su vida mirando al sur. Siempre que podía viajaba, en aquellos interminables viajes que duraban días, para ver a su gente, y oler a sal y a hierbabuena y a sábanas tendidas al sol del mar.
Después de la guerra, cuando todo lo perdieron y su vida se limitaba a trabajar día y noche para sobrevivir, y a rezar a sus dioses para que nada malo les ocurriera a los que más amaba (desaparecidos, heridos, huídos y encarcelados) nunca más volvió a su tierra. Cuentan en la famila que cantaba seguidillas, coplas y fandangos en el balcón de su casa y cuantos por allí pasaban se paraban a escucharla… Tuvo una educación tradicional de corte liberal, y siempre simpatizó con las causas de los más humildes y sobre todo con la alfabetización y los derechos de las mujeres de todas las clases sociales, por los que luchaba también su hija, ahora ya una mujer.
Durante la guerra, en aquel Madrid de bombas y asedios,( y al contrario que su marido, que decidió no hablarlos en un principio), apoyó la labor de sus tres hijos a favor de la República: como teniente de estado mayor, el pequeño Rafita; como jefe de estación en Arganda el mayor, Fernando; y como miliciana de cultura y enfermera ocasional, su niña Carmen.
Al llegar la posguerra soportó con entereza el encarcelamiento de su marido ( por familiar de republicanos y desafecto al nuevo régimen en grado de consanguineidad), la desaparición de su hijo pequeño ( que consiguió escapar de Albatera y cayó muy enfermo), el encarcelamiento de su hijo mayor cuando intentaba reunirse con su esposa y su hijo en Cuenca, y el miedo continuo a que se llevaran a la única hija que le quedaba, la que había renunciado a escapar hacia Inglaterra y luego a México para no abandonarla a su suerte… (o a su desgracia). Soportó largas colas, se tragó su orgullo, empeñó sus preciados recuerdos, herencia de una vida mejor, y junto a otras muchas mujeres anónimas se dejó la piel para localizar a sus hombres, y conseguir recomponer su familia herida y desgarrada para siempre.
Poco antes de morir, en la casa que compartían mi padre, mi abuela y ella en Cuatro Caminos, contaban que se levantó de la cama donde llevaba postrada varios meses, se dirigió a la ventana de su cuarto para intentar abrirla, y ante la pregunta angustiada “¿qué hace madre?”, con un brillo de niña ilusionada en sus ojos, respondió: “pues abrirlas, para poder ver el mar…”

De nuevo la barbarie

Domingo, 18 de Enero de 2009

MUERTE DEL NIÑO HERIDO
Otra vez en la noche…Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. - Madre, ¡el pájaro amarillo !
¡Las mariposas negras y moradas !

-Duerme, hijo mío.- Y la manita oprime
la madre, junto al lecho. - ¡Oh flor de fuego !
¿Quién ha de helarte, flor de sangre, ¿Dime ?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego ;

fuera, la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.

-¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía ?
El cristal del balcón repiquetea.
¡Oh fría, fría, fría, fría, fría !

Antonio Machado

Parecen haber cesado por fin los bombardeos. Un fuerte olor a polvo, metralla y muerte lo invade todo. Un silencio espeso y negro precede al estallido de los gritos, del llanto inabarcable… Una joven emerge de los escombros manchada de polvo y sangre. En sus brazos lleva un pequeño bulto, con los brazos inermes colgando hacia los lados. La pequeña criatura tiene los ojos fijos en un punto infinito. Camina con su muerto a cuestas entre los restos de lo que fue su hogar, su calle, su ciudad. A su alrededor hay un ruido infernal de voces y sirenas. Pero ella no oye nada, anda sin rumbo fijo, todo es un decorado, una lenta película rodada en blanco y negro que ocurre tras su pasos. Se ha sentado en el borde de un camino con su niño en los brazos y su pena infinita. No llora, no siente, no comprende…
La joven se llamaba Rosa y vivía en la calle Franco Rodríguez, en Madrid. Su niño se llamaba Tomás y tenía dos años. Todo ocurrió el 15 de noviembre de 1936, en uno de los muchos bombardeos a los que fue sometida la capital. Pero podría haberse llamado Assmae y vivir en Gaza… El ser humano no ha aprendido nada. Nada ha cambiado. Sólo los nombres de los muertos, la potencia de las armas y el color de los uniformes. (”Tristes guerras si no es amor la empresa, tristes, tristes…”)

Poetas del éxodo y el llanto.

Jueves, 15 de Enero de 2009

Pedro Garfias llegó a México desde Inglaterra a bordo del “Sinaia”. Casi dos mil españoles embarcan rumbo al exilio, dejando todo atrás. En su largo viaje el poeta escribe estos versos:

Qué hilo tan fino, qué delgado junco
-de acero fiel- nos une y nos separa
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.
Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el cielo y el mar ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas.

España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga
que un día volveremos, más veloces,
sobre la densa y poderosa espalda
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.(…)

En el mismo barco viaja también Juan Rejano, con el dolor por equipaje y un puñado de versos:

Nube, viento, será para el olvido…
Esta sangre no cabe ya en el mundo
ya no cabe en prisiones ni en olvidos,
ni en las falsas efigies vacilantes.

Ambos murieron en México (” Si muero en tierras extrañas/ lejos de donde nací / ¿Quién tendrá piedad de mí? “).
Poetas del exilio, del éxodo y el llanto, ni de aquí ni de allí, siempre entre la nostalgia y la derrota. ¿Rescataremos alguna vez todos vuestros nombres del olvido y recuperaremos así nuestra memoria literaria?

Día de reyes. 1937

Viernes, 2 de Enero de 2009

El 2 de Enero de 1937, Miguel Hernández publicó este poema en la revista Ayuda. Semanario de Solidaridad, num 36.

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

Son las primeras navidades de la guerra. Una joven miliciana vestida de enfermera sale del Hospital de sangre donde presta sus servicios, la noche de reyes del 37. Camina por su Madrid ahora desolado, entre carteles, proclamas y luces apagadas. Respira el aire de la calle, impregnado de pólvora, para intentar olvidar el olor a cloroformo y sangre seca que se ha pegado a su ropa y a su ánimo. Al llegar a su portal la saluda un miliciano que hace la ronda en su calle. Ricardito, el niño de la portera, está sentado en la escalera con rostro triste y churretes de haber llorado lo suyo… Ella le revuelve los cabellos con sus manos frías. ” ¿Qué te pasa criatura?” El niño balbucea entre hipos. “Nada, que dice mi padre que a Madrid no van a venir los Reyes porque es zona republicana…” Por Dios qué barbaridades dice don Anselmo. Sube las escaleras lentamente y al llegar al rellano de su puerta palpa, junto a las llaves, una chocolatina…Esa que esta mañana le dio aquel brigadista con la cara llena de pecas, (el irlandés lo llamaban), herido en una pierna. Vuelve sobre sus pasos. Ya no hay nadie. En el pequeño ventanuco de la portería se distinguen unos zapatos gastados. Junto a ellos deja la chocolatina. “Ya sólo faltaría que hasta los Reyes Magos se unieran también al movimiento…” Sonríe satisfecha. Ya en su lecho se arrebuja entre las sábanas y piensa, por un momento, que tal vez mañana los reyes de oriente hayan decidido regalarles la paz y la esperanza.

A mi abuela, que me legó recuerdos como éste, y a todas aquellas mujeres que, durante aquellos difíciles días, intentaron paliar el sufrimiento inútil de aquellos niños de la guerra que, entre bombas, consignas y canciones, ejercían su derecho a creer en la magia, y a ser absurdamente felices e inocentes…


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