Archivo de la categoría "Relatos"

La espera (II)

Lunes, 9 de Febrero de 2009

Palabra, voz exacta
y sin embargo equívoca;
oscura y luminosa;
herida y fuente: espejo;
espejo y resplandor;
resplandor y puñal,
vivo puñal amado,
ya no puñal, sí mano suave: fruto.(…)”
OCTAVIO PAZ

Cada mañana se despertaba temprano para esperar la llegada de las palabras. Se apoyaba en el alféizar de la ventana y se disponía a recibirlas como ellas se merecían.
A veces llegaban muy pronto, volando bajo, y eran palabras amables y dulces, diminutivos de azúcar que se posaban en su pelo para hacerle reir.
Otras veces llegaban desde lo más alto y se precipitaban directamente hacia el rincón más vulnerable de su corazón. Aquellas palabras dejaban un regusto a metal y a sangre seca. Pesaban tanto que aplastaban su pecho, y tenía que hacer grandes esfuerzos para desprenderse de ellas y poder volver a respirar.
Pero algunas veces, por mucho que esperara, no venían las más anheladas: las que traspasaban su dolor como un bálsamo y erizaban su piel hasta hacerle sentir la médula; las que guardaba como un tesoro a buen recaudo para que nadie se las arrebatara; las que, con su belleza y su sonoridad, hacían brillar el sol en pleno invierno y despertaban las flores dormidas como si, con ellas, hubiera llegado la esperada primavera…

Visita al penal

Lunes, 2 de Febrero de 2009

“¿Qué hice para que pusieran
a mi vida tanta cárcel?”
M. Hernández

“Muros de silencio,
tapias de ladrillo(…)”
Manuel de la Peña

Este relato está basado en hechos reales. Mi abuela me contó cómo cada mañana, en aquella eterna posguerra, se preparaba para visitar a mi abuelo en el penal de Alcalá de Henares ( su triple delito: creer en la libertad, creer en la igualdad y creer en la fraternidad…), y andaba todos esos kilómetros a pie acompañada de otras mujeres y de mi padre, que no era más que un niño muy pequeño, para que mi abuelo pudiera abrazar a su hijo y mitigar en algo su profundo dolor y su tristeza. Corría el año 47, casi diez años después de la contienda…

Todas las mañanas un grupo de mujeres de diferentes edades, con niños en brazos o agarrados fuertemente de sus faldas, embarazadas, enfermas o simplemente cansadas, emprendían el camino hacia las cárceles. Como una caravana de infinita tristeza, caminaban dispuestas a ver a sus hombres (padres, maridos, hermanos, hijos…). En sus cestas y bolsas llevaban lo que habían podido conseguir: tabaco, cerillas, algo de comida, una camisa limpia, unos pañuelos… Recorrían los senderos cabizbajas, tirando de sus cuerpos, arrastrando los pies, soportando el calor, el frío, la lluvia, el polvo. Pero nada de aquello importaba si ellos estaban vivos, si las dejaban verlos.
Aurora formaba parte de aquellas mujeres que un día creyeron que todo cambiaría, y ahora se arrastraban por los caminos con el único afán de sobrevivir.
Creían que si no se dejaban ver, si no hablaban más de lo necesario, si pasaban desapercibidos… Pero todo fue inútil; una vecina habló, se había quedado viuda con tres bocas que alimentar y una sola cartilla de racionamiento. ¡Al menos le habían conmutado la pena de muerte por la de treinta años!
Parecía mentira que toda una generación de hombres jóvenes, idealistas, dispuestos a empujar la historia, a no quedarse atrás, estuviera pudriéndose en los penales. Carne de presidio, eso eran para los vencedores. De los que habían conseguido sobrevivir muchos se vieron empujados a la diáspora del exilio; otros agonizaban entre rejas, se consumían en los patios grises de las cárceles. Y otros eran utilizados como esclavos, construyendo mausoleos para mayor gloria del régimen.
Cuando no podía ir a verlo mandaba algún mensaje con el paquete que otras mujeres llevaran. Entre ellas funcionaba una red de ayuda mutua y solidaridad que las dignificaba en medio de tantas humillaciones. Se sentían parte de un mismo tejido, de una macabra tela de araña que asfixiaba sus vidas y las de sus seres queridos. Cuando había un indulto lo celebraban juntas, y cuando alguno de ellos era ejecutado o moría en su celda, también lloraban juntas.
Al caer la tarde se disponían a regresar a sus casas por el mismo camino. Volvían sobre sus pasos, un poco más tristes, un poco más solas, un poco más cansadas. Inmersas en sus pensamientos (“a mis soledades voy/ a mis soledades vengo”), envueltas en su pena. Huecas, secas, macerando en su mente las palabras que no se atrevieron a decirles, para no hacerles más daño, para no arrebatarles la poca esperanza que aún les quedaba. ¡Que no las vieran tristes, ni hundidas, ni desesperadas! “Todo bien, muy bien, no te preocupes”. “Estamos moviendo papeles, ya verás como pronto estás en casa”.
Había hecho del soliloquio su válvula de escape. Y al llegar a la casa, cuando todos dormían, despertaban las palabras y, casi a oscuras, en unas pocas cuartillas usadas,a solas con su pena y su derrota, Aurora daba rienda suelta a su dolor:
“Te vi entre los barrotes.
Acaricié tus manos,
tu rostro macilento,
tu dolor infinito…
Y no poder besarte,
no poder abrazarte,
no poder consolarte,
no poder restañarte las heridas.
Me llevo la sonrisa
que intentaste esbozar con los labios partidos,
llagados, doloridos.
Me llevo tu sonrisa,
prendida en el ojal de la solapa
de mi vieja chaqueta…
Me llevo tus caricias, prometidas, soñadas.
Me llevo tu ternura, tu mirada llorosa.
Me llevo lo que puedo,
para seguir viviendo
en esta soledad que compartimos ambos.
Y te dejo mi sombra,
cuanto queda de mí,
lo poco que resiste,
lo que nos han dejado…
Y me vuelvo a la nada de nuestra pobre casa,
de nuestra pobre mesa, de nuestra pobre cama.
Y me vuelvo al silencio de las mañanas frías,
de las eternas tardes,
de las noches insomnes.
Vuelvo a mi vida rota,
desperdiciada,
absurda…
Apartada de ti.”

La memoria herida y otros relatos,ed. Bubok

Quisiera que esta entrada sirviera para denunciar la situación de todos los presos políticos y de conciencia, que, tanto en tiempos ya pasados como ahora, se vieron, se han visto y se ven, privados de su libertad y su palabra. Que la historia de aquellos que lo fueron no caiga en el olvido, y que la de los que aún lo son no sea silenciada.

Día de reyes. 1937

Viernes, 2 de Enero de 2009

El 2 de Enero de 1937, Miguel Hernández publicó este poema en la revista Ayuda. Semanario de Solidaridad, num 36.

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

Son las primeras navidades de la guerra. Una joven miliciana vestida de enfermera sale del Hospital de sangre donde presta sus servicios, la noche de reyes del 37. Camina por su Madrid ahora desolado, entre carteles, proclamas y luces apagadas. Respira el aire de la calle, impregnado de pólvora, para intentar olvidar el olor a cloroformo y sangre seca que se ha pegado a su ropa y a su ánimo. Al llegar a su portal la saluda un miliciano que hace la ronda en su calle. Ricardito, el niño de la portera, está sentado en la escalera con rostro triste y churretes de haber llorado lo suyo… Ella le revuelve los cabellos con sus manos frías. ” ¿Qué te pasa criatura?” El niño balbucea entre hipos. “Nada, que dice mi padre que a Madrid no van a venir los Reyes porque es zona republicana…” Por Dios qué barbaridades dice don Anselmo. Sube las escaleras lentamente y al llegar al rellano de su puerta palpa, junto a las llaves, una chocolatina…Esa que esta mañana le dio aquel brigadista con la cara llena de pecas, (el irlandés lo llamaban), herido en una pierna. Vuelve sobre sus pasos. Ya no hay nadie. En el pequeño ventanuco de la portería se distinguen unos zapatos gastados. Junto a ellos deja la chocolatina. “Ya sólo faltaría que hasta los Reyes Magos se unieran también al movimiento…” Sonríe satisfecha. Ya en su lecho se arrebuja entre las sábanas y piensa, por un momento, que tal vez mañana los reyes de oriente hayan decidido regalarles la paz y la esperanza.

A mi abuela, que me legó recuerdos como éste, y a todas aquellas mujeres que, durante aquellos difíciles días, intentaron paliar el sufrimiento inútil de aquellos niños de la guerra que, entre bombas, consignas y canciones, ejercían su derecho a creer en la magia, y a ser absurdamente felices e inocentes…

Exilio

Lunes, 15 de Diciembre de 2008

El camino del exilio implica dejar atrás un armario lleno de vivencias y raíces, y arrastrar por tierras extrañas un baúl lleno de tristezas…

Siempre que pienso en el exilio recuerdo aquel hermoso poema de León Felipe, “El llanto es nuestro”
Españoles:
el llanto es nuestro
y la tragedia también,
como el agua y el trueno de las nubes.
Se ha muerto un pueblo
pero no se ha muerto el hombre.
Porque aún existe el llanto,
el hombre está aquí en pie,
en pie con su congoja al hombro,
con su congoja antigua, original y eterna,
con su tesoro infinito
para comprar el misterio del mundo,
el silencio de los dioses
y el reino de la luz.
Toda la luz de la tierra
la verá un día el hombre
por la ventana de una lágrima…
Españoles,
españoles del éxodo y del llanto:
levantad la cabeza
y no me miréis con ceño
porque yo no soy el que canta la destrucción
sino la esperanza

Yo sólo tenía nueve años, cuando una tarde de invierno mi abuela me miró fijamente a los ojos y me dijo: “Anda, vamos a ponerte guapa, que tenemos que ver a unas amigas mías que hace mucho que no veo”. Mientras me peinaba, yo notaba cierto temblor en sus manos. “¿Hace mucho que no las ves?” le pregunté. Entonces soltó el peine, me giró hacia ella, y con los ojos muy azules y muy brillantes me dijo muy seria: “Cuarenta años hija, cuarenta años…”
A mí me parecieron una barbaridad. Demasiados para seguir siendo amigas, la verdad. Nos pusimos el abrigo, salimos apresuradas y mi abuela me llevó, casi en volandas, por calles y callejuelas hasta llegar a un portal que yo no conocía. Se paró, respiró muy hondo y me dijo, aunque siempre creí que se lo decía más bien a sí misma: “¡Aquí es!” No recuerdo todos los detalles. Sólo sé que al abrir la puerta de la casa un grupo de mujeres con aspecto de venerables abuelitas estuvieron llorando y abrazándose un tiempo que no fui capaz de calcular. Todo eran besos, lágrimas, intercambio de fotos, manos enlazadas. A dos o tres niños más nos sentaron en una salita a merendar medias noches, y a ver el programa infantil de media tarde. No nos conocíamos, así que no nos dijimos nada. A veces nos mirábamos de reojo y nos sonreíamos… No fuimos conscientes, hasta muchos años después, de lo que allí realmente había pasado, mientras masticábamos chorizo de Pamplona y reíamos las ocurrencias de aquellos payasos en blanco y negro . El reencuentro esperado de una generación perdida, diezmada, desgarrada para siempre.
Muchas de aquellas mujeres salieron años después en un reportaje sobre las mujeres del 36. Pero para mí siempre serían las amigas de mi abuela, ésas que, a pesar de llevar cuarenta años sin verse, se sentían unidas por el invisible hilo de la memoria y de aquella terrible tragedia que les tocó vivir.

Salvad los libros

Martes, 21 de Octubre de 2008

Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído” Borges

“¡Los libros no, por Dios, los libros no! ¡Salvad los libros!” Aquella fría mañana de marzo todo era un ir y venir en casa de los Martín Gago. Afectos a la república, nada podían hacer sino callar para salvar la vida. Callar y quemar todo aquello que pudiera poner en peligro la seguridad de aquellos dos ancianos y su joven hija aún soltera. En la vieja cocina de carbón ardían recuerdos, retazos de una vida: fotos, cartas, papeles políticamente comprometedores y algunos libros… “Los libros no… ¿Qué daño pueden hacernos los libros? ¿Es que también van a condenarnos por leer?” Pero por mucho que su padre se empeñara en abrazarse a algunos ejemplares Carmen sabía que era peligroso que encontraran aquellas lecturas cuando llegaran. Porque iban a llegar. Sabían donde vivían. Y si caían en sus manos algunos de aquellos títulos, quién sabe lo que podría pasar. Era mejor no arriesgarse. Así ardieron Campos de Castilla de Antonio Machado, y La madre de Gorki y La conquista del pan, de un ruso cuyo nombre era imposible de pronunciar pero que su hijo Rafita leía algunas noches hasta altas horas de la madrugada, y el Emilio de Rousseau y Cándido de Voltaire, y las novelas completas de Vicente Blasco Ibáñez, y varios ejemplares de las revistas Caballo verde, El Mono Azul y Hora de España.
Bajo las llamas inmisericordes crujían todos aquellos títulos que pudieran levantar sospechas, ya fuera por su autor, por el título o por su procedencia. En los tristes estantes medio vacíos quedaron varios clásicos: Cervantes, Lope, Calderón, Quevedo y un ejemplar en cuero negro de Las mil mejores poesías en lengua castellana. Nadie supo nunca cómo lograron sobrevivir un volumen de La vida de Jesús de Renan y El hombre y la tierra de Reclus.
A la mañana siguiente, con el olor a papel quemado impregnando todavía cada rincón de la casa, y con una extraña tristeza que presagiaba que nada bueno podría ocurrir a partir de aquel aciago día de la quema de su preciada biblioteca, mi bisabuelo Atilano Martín se levantó pronto para ir a su trabajo como cajero en el Banco Central. Nada más llegar allí fue detenido “por tener hijos desafectos al régimen en situación de busca y captura” lo que le convertía a él en un “desafecto de nivel C, es decir sin responsabilidad política directa”. Le comunicaron que su puesto ya había sido cubierto por otro compañero “adicto al nuevo régimen y fiel a los principios del nuevo orden”, el cual, seguramente, había sido el encargado de dar el informe a las autoridades pertinentes a cambio de favores y prebendas. El bisabuelo Atilano no entendía nada. Taciturno, serio, hombre de pocas palabras, sólo acertó a decir: “¿ Y para esto hemos quemado los libros?” Los suyos nada supieron de él hasta pasados unos meses, gracias a la amistad que, de toda la vida, les había unido con la familia Ruiz Jiménez , la cual ahora ocupaba una posición más o menos relevante. Salió de la cárcel de Porlier más triste y más delgado, casi irreconocible. Contaban sus hijos, muchos años y muchas vicisitudes después, que aquel lluvioso y frío día de marzo del 39 entró en las cárceles de Franco un monárquico desengañado y salió, varios meses y mucho hambre después, un republicano antifranquista convencido.
En mi casa paterna volvieron a entrar los libros y, de nuevo, una numerosa cantidad de títulos abarrotó las estanterías del salón familiar. Entre todos los nuevos ejemplares aún descansan tres libros que siempre llamaron mi atención por sus bellas cubiertas de cuero y su cosido a mano: Las mil mejores poesías, El hombre y la tierra y La vida de Jesús. Esos libros son testigos mudos de un tiempo de odio, miedo e infamia que nunca debió existir. Son un ejemplo de supervivencia en medio de la barbarie. Algún día mis hijos los heredarán, y con ellos heredarán también el legado de un respeto absoluto por la cultura y el pensamiento libre, por el derecho a defender nuestras ideas siempre con la palabra, por la defensa de la libertad y la convivencia. Esos libros seguirán formando parte de nuestra historia familiar, y servirán para recordarnos siempre que mi bisabuelo no sólo salvó los libros, sino que los libros nos salvaron a todos, sus descendientes, de la ignorancia, de la intolerancia y de la sinrazón.

“Porque contra el libro no valen persecuciones. Ni ejércitos, ni el oro, ni las llamas pueden contra ellos; porque podréis hacer desaparecer una obra pero no podéis cortar las cabezas que han aprendido de ella” F. García Lorca.

El llanto de la Diosa

Lunes, 6 de Octubre de 2008

La Diosa fue exiliada del corazón del hombre. Desterrada, relegada, prohibida, tuvo que refugiarse del odio y la mentira en lejanos desiertos, en bosques apartados. Dijo adiós a los templos y recintos sagrados donde era sabiamente venerada, y grabó su dolor en las piedras calizas y las grutas oscuras, mientras sus bellos nombres se borraban, envueltos por la niebla de la herejía y la superstición.
Vagó durante siglos cubierta de tristeza, y su antiguo legado milenario se vistió de ropajes que ella no comprendía. Habitó en las leyendas, se escondió en los relatos populares, en los cuentos de hogar y leña seca, o en romances y cantos de juglares y bardos.
Sin ella era imposible descifrar el enigma, completar el círculo sagrado. El llanto de la diosa se hizo lluvia de invierno, y se mimetizó en los manantiales.
Ahora duerme a la espera de otros tiempos. Pero cuentan que, a veces, se desliza en nuestros sueños o en nuestros delirios para recitarnos sus viejos salmos olvidados. Y sentimos sus lágrimas, (suaves como amapolas deshojadas, tibias como un aliento amado), resbalando, sin pudor, por nuestro rostro…

Tardes de otoño.

Lunes, 22 de Septiembre de 2008

Cada vez que leía aquellos versos volvía a tener de nuevo diecisiete. Hacía frío en los parques y “ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo“, y “he sentido en tu boca una alborada” y se deshojaba el árbol de la nostalgia, y “eras la boina gris y el corazón en calma” , cubriendo de hojas secas los húmedos recuerdos.
Cada vez que llegaba el otoño llegaban los besos dormidos y las palabras no dichas, y las carpetas mojadas y los largos silencios… La luz de octubre lo inundaba todo y doraba las tardes tiñéndolas de ámbar.
En sus ojos de otoño habitó la tristeza, la soledad, el olvido, el desamparo. La vida fue borrando su perfil, los rasgos de su rostro. Puso un temblor de invierno en sus manos de nieve y una curva dolorida en su espalda. Tiñó de desconsuelo el cobre de su pelo y se llevo la firmeza de aquella piel, que un día, sembraron de promesas amantes olvidados.
Pero a veces, en las tardes de otoño, la vida le regalaba primaveras, y enhebraba los rumores de un pasado imposible. Recordar en otoño era una concesión a la melancolía, un dejarse arrastrar a las profundas raíces, al vértice de la memoria, a las orillas de lo que pudo haber sido… Recordar en otoño era una puerta falsa a una felicidad de cartónpiedra y castillos de humo, a una mentira amable con sabor a ceniza y flores muertas.
En las tardes de otoño, hasta podía ser bella y apacible la tristeza…

Libro virtual

Miércoles, 23 de Julio de 2008

Gracias al empuje y buen hacer de mi querida Ana, he recogido algunos relatos cortos aparecidos en este blog con algunas de sus ilustraciones para realizar un experimento virtual (se pueden pasar las hojas del libro gracias a las flechas laterales). El libro ha quedado así, y pronto verá la luz otro proyecto. Podéis leerlo en modo pantalla completa ( fullscreeen) entrando en el enlace.
Ver Donde nacen las nubes y otros relatos

Sueños

Martes, 1 de Julio de 2008

Ella deambula por el mercado de sueños. Las vendedoras han desplegado sueños sobre grandes paños en el suelo(…)” E. Galeano

Ella siempre supo de qué material estaban hechos los sueños… Algunos eran de papel transparente, otros de fino cristal; algunos de humo, otros de plomo y piedra. Los había también de viento y hojas secas, o de tierra mojada. Sabía que, al despertar, dejaban distintos regustos en los labios: a miel, a sal, a lágrimas, a pan recién hecho, a naranjas amargas… Desde muy pequeña aprendió a distinguir sus sabores, sus texturas, sus olores. Aprendió también a descifrar sus mensajes secretos y a diferenciarlos de las ensoñaciones ( que llegaban estando despierto y te envolvían en nubes de algodón ).
Los sueños forman parte de lo que somos y ella recolectaba los suyos dispuesta a encontrarse y a reconocerse en ellos, y después escogía los más hermosos para proporcionárselos a todo aquel que los necesitara.
En el mercado todo el mundo esperaba su llegada. La vendedora de sueños creaba siempre gran expectación. Sus recipientes de colores y formas variadas atraían la vista de cuantos se acercaban por allí, y siempre había alguien que sucumbía a la tentación de asegurarse un bello sueño. Ella procuraba que siempre fuera aquel que más le convenía a cada uno, porque no había nada más decepcionante y desolador que soñar el sueño equivocado.

La espera.

Viernes, 27 de Junio de 2008


Cada mañana se despertaba temprano para esperar la llegada de las palabras. Se apoyaba en el alféizar de la ventana y se disponía a recibirlas como ellas se merecían.
A veces llegaban muy pronto, volando bajo, y eran palabras amables y dulces, diminutivos de azúcar que se posaban en su pelo para hacerle reir.
Otras veces llegaban desde lo más alto y se precipitaban directamente hacia el rincón más vulnerable de su corazón. Aquellas palabras dejaban un regusto a metal y a sangre seca. Pesaban tanto que aplastaban su pecho, y tenía que hacer grandes esfuerzos para desprenderse de ellas y poder volver a respirar.
Pero algunas veces, por mucho que esperara, no venían las más anheladas: las que traspasaban su dolor como un bálsamo y erizaban su piel hasta hacerle sentir la médula; las que guardaba como un tesoro a buen recaudo para que nadie se las arrebatara; las que, con su belleza y su sonoridad, hacían brillar el sol en pleno invierno y despertaban las flores dormidas como si, con ellas, hubiera llegado la primavera…


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