El grito
Sábado, 18 de Abril de 2009¿Puede el dolor ser algo despreciable, puede acaso encerrarse el sufrimiento humano en un absurdo traje de contención estética?
Yo grito, y no me importa si es o no conveniente o si rompe los cánones o si es inoportuno… Grito porque los hombres también gritan, porque las madres gritan, porque gritan los niños; porque el mundo es un grito inabarcable, un grito que nos llega de los siglos pasados, de todas las historias de la Historia, de todos los olvidos y de todas las páginas borradas.
No puedo serenarme ante aquello que veo, que intuyo, que recuerdo. Llevo el dolor del mundo en mis manos vacías, escucho los lamentos de voces que me llaman y me siento una más entre esa humanidad que reclama justicia.
“El hombre es un heredero no un mero descendiente” y por eso recogemos la semilla plantada, y abonamos la tierra que pisaron los que nos precedieron, y dejamos la huella que otros encontrarán… Forma parte del ciclo: estar, haber estado, llegar a estar un día. Bebemos de las aguas en las que otros ya bebieron, y leemos los libros que otros ya leyeron, y utilizamos las palabras que otros ya utilizaron. Nacemos igual, amamos igual, morimos igual.
Y es por eso que, a veces, vienen a mí los gritos de hombres que ya no están, de tiempos que pasaron.
Ante la muerte inesperada,ante el dolor ajeno, ¿qué podemos hacer?
Tal vez muy poco -o nada-. Todo acontece allí, detras de los cristales. Mientras nos deslizamos va cambiando el paisaje. Las guerras, las catástrofes, las penas cotidianas, los valores bursátiles, las crisis…
El hombre sufre, irremediablemente. Es una cruel certeza que la historia confirma: grandezas y miserias; mitos, héroes y dioses; gestas, heroicidades, masacres, catedrales; rayos de luna y sombras. Todo confluye en una misma historia.
Los dioses de la vida, los dioses de la muerte, moldearon del barro su criatura. Tentada por los frutos del árbol de la ciencia, buscando el fuego y la palabra, capaz de ser mezquina o generosa, de entregar su propia vida o arrebatar, sin piedad, vidas ajenas.
Y bien, Ecce homo: ¡creced y multiplicaos!
¿Por qué nos pesa tanto el nombre de los muertos? Si no tuvieran nombre, ni rostro, ni ascendencia… todo sería más fácil si otros no recordaran.
El hombre sufre: es cierto.
Y ese dolor atávico surca el inexorable paso de los siglos como un río sin cauce y sin orillas, desbordándose.
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Me he sentado a recoger los pedazos de mí que han quedado después de la batalla… No sé recomponerlos, y ya ni tan siquiera me queda suficiente aliento para gritar. Mi grito, como tantos, se ha perdido en la inmensa llanura de la nada.


