Ni mármol duro y eterno,
ni música ni pintura,
sino palabra en el tiempo.”
Antonio Machado
Machado es, sin duda, el primero de los grandes poetas que marcó mi educación sentimental y literaria. Con él descubrí la palabra poética y me empapé de emociones sencillas y profundas, que no hicieron sino enraizarse cada vez más en mi interior.
Mis primeras lecciones de filosofía vinieron de la mano de sus Proverbios y cantares, pensamientos condesados en versos breves y sentenciosos que invitan a la reflexión sobre los grandes temas que preocupan desde siempre al ser humano: la VIDA, la MUERTE, el TIEMPO y el AMOR.
Hacer una selección de sus poemas es casi imposible. Todos resultan insustituibles y necesarios para comprender su evolución poética y su concepto de la poesía como “honda palpitación del espíritu”, como ”palabra en el tiempo”. No podría decantarme por un poema de Machado, porque cada uno guarda un hermoso tesoro de palabras, un latido que espera ser sentido, una voz auténtica que espera ser escuchada, un secreto profundo que espera ser revelado, un sentimiento íntimo que espera ser reconocido. Sigamos leyendo a este poeta sincero, directo y necesario, que a través de su palabra nos engrandece, nos enriquece y nos vuelve más humanos.
Pedro Garfias llegó a México desde Inglaterra a bordo del “Sinaia”. Casi dos mil españoles embarcan rumbo al exilio, dejando todo atrás. En su largo viaje el poeta escribe estos versos:
Qué hilo tan fino, qué delgado junco
-de acero fiel- nos une y nos separa
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.
Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el cielo y el mar ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas.
España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga
que un día volveremos, más veloces,
sobre la densa y poderosa espalda
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.(…)
En el mismo barco viaja también Juan Rejano, con el dolor por equipaje y un puñado de versos:
Nube, viento, será para el olvido…
Esta sangre no cabe ya en el mundo
ya no cabe en prisiones ni en olvidos,
ni en las falsas efigies vacilantes.
Ambos murieron en México (” Si muero en tierras extrañas/ lejos de donde nací / ¿Quién tendrá piedad de mí? “).
Poetas del exilio, del éxodo y el llanto, ni de aquí ni de allí, siempre entre la nostalgia y la derrota. ¿Rescataremos alguna vez todos vuestros nombres del olvido y recuperaremos así nuestra memoria literaria?
¿Por dónde voy? Cruzo un bosque
espeso, sucio, sombrío.
Sospecho que este tren siempre
no irá por el mismo sitio;
noches, lunas, días, soles,
días, noches, pobres, ricos…
Encuentro incómodo el tren,
pero este tren es el mío.
Miro hacia fuera: los montes
lejanos, el cielo limpio.
Detrás de aquellas montañas,
las preguntas de mis hijos.
No sé qué decirles, yo
que tanto he hablado conmigo,
razonando las verdades,
que el tiempo cambió de sitio.
Aquí está mi corazón
y allí la injusticia. Digo
que soy de un tiempo y quisiera
llegar con tiempo preciso,
detrás de aquellas montañas
que son de un tiempo distinto.
No estaré sólo, lo sé,
cuando llegue a mi destino.
Rafael Montesinos
(De La verdad y otras dudas, 1959-1967)
Me gusta la poesía de Rafael Montesinos. De él dijo Jose Luis Cano: “poeta que está en la mejor línea interior, contenida, de la poesía andaluza, línea que arranca de Bécquer, y sigue con Antonio Machado, con Juan Ramón, con Cernuda.” Esto coloca a Montesinos en un lugar distintivo y único dentro de la poesía española del siglo XX. Hay en su poesía un intimismo que revela la nostalgia de la infancia perdida, y la ciudad de Sevilla, abandonada cuando era muy joven muy a su pesar, adquiere una dimensión de paraíso perdido, de lejana alameda reconquistada por la poesía, una y otra vez.
Siempre que leo este poema me recuerda a otro de mi abuelo que me gusta especialmente, muy anterior, escrito entre cárceles y penas allá por los años 40, la década de la desesperanza…
ESPERANZA.
Iba lento el peregrino
Con tranquilo caminar;
el polvoriento camino
largo y blanco se perdía.
Iría a dar a la mar
pero el mar no se veía.
Parándose a descansar
el peregrino rezaba:
¡Señor, me canso de andar
y esta senda no se acaba!
Pero seguía,seguía,
siempre camino del mar,
aunque el mar no se veía.
“Con el alma a tientas” Poemario a dos voces. Manuel de la Peña Piñeiro y M.Luisa de la Peña Fernández. ed. La Factoría de ediciones.
La literatura teje extrañas asociaciones en nuestra memoria, así que quería compartir con los que aquí llegan esta analogía, esta relación sentimental y literaria que es sólo mía y no responde a una ardúa tarea filológica de literatura comparada, sino tan sólo a mi propia experiencia lectora.
Para leer más sobre Rafael Montesinos os recomiendo esta entrada de Luis Spencer, donde se hace un acercamiento a su figura en clave de anécdota personal.
Y si queréis leer algo más sobre Manuel de la Peña podéis hacerlo en Nanas del hijo ausente. o en La memoria y la canción
Para Marta Navarro, por su libro Ocho islas y un invierno.Porque ella sí sabe que nos queda la palabra, por su compromiso con el mundo y por sus ojos siempre abiertos al dolor ajeno.
Esos poetas infernales,
Dante, Blake, Rimbaud…
Que hablen más bajo…
¡Que se callen!
Hoy
cualquier habitante de la tierra
sabe mucho más del infierno
que esos tres poetas juntos.
Ya sé que Dante toca muy bien el violín…
¡Oh, el gran virtuoso!…
Pero que no pretenda ahora
con sus tercetos maravillosos
y sus endecasílabos perfectos
asustar a ese niño judío
que está ahí, desgajado de sus padres…
Y solo.
¡Solo!
Aguardando su turno
en los hornos crematorios de Auschwitz.
Dante… tú bajaste a los infiernos
con Virgilio de la mano
(Virgilio, “gran cicerone”)
y aquello vuestro de la Divina Comedia
fue un aventura divertida
de música y turismo.
Esto es otra cosa… otra cosa…
¿Cómo te explicaré?
¡Si no tienes imaginación!
Tú… no tienes imaginación,
acuérdate que en tu “Infierno”
no hay un niño siquiera…
Y ese que ves ahí…
Está solo
¡Solo! Sin cicerone…
Esperando que se abran las puertas del infierno
que tú ¡pobre florentino!
No pudiste siquiera imaginar.
Esto es otra cosa… ¿cómo te diré?
¡Mira! Este lugar donde no se puede tocar el violín.
Aquí se rompen las cuerdas de todos
los violines del mundo.
¿Me habéis entendido, poetas infernales?
Virgilio, Dante, Blake, Rimbaud…
¡Hablad más bajo!
¡Tocad más bajo!…¡Chist!…
¡¡Callaos!!
Yo también soy un gran violinista…
Y he tocado en el infierno muchas veces…
Pero ahora aquí…
Rompo mi violín… y me callo. León Felipe, ¡Oh este viejo y roto violín!
A veces, ante el dolor, sobran las palabras… O tal vez falten las que son más precisas, las que no se dicen, las que todos callan : por miedo, por vergüenza, por ignorancia, por desidia.
¿Dónde están entonces los poetas? ¿Dónde se meten los estetas del lenguaje, los virtuosos de la palabra ? ¿Es que a caso no se atreven o no son capaces de pronunciar y de acuñar entre sus bellos versos palabras como asco, náusea, infamia, injusticia, verdugos, asesinos, sangre, horror, horror a manos llenas? ¿Con qué riman los ojos sin luz de los niños escuálidos? Las ciudades bombardeadas, los jirones de hombres masacrados, ¿con qué riman? ¿Con qué riman los desaparecidos,? Y los niños robados, y los presos sin nombre, ¿con qué riman? ¿Con qué hermosas metáforas, con qué imágenes oníricas, mencionar a los muertos, a los ajusticiados, a los parias de la tierra?
Cuando los hombres sufren, cuando los niños gritan, cuando no quedan lágrimas en las cuencas vacías de los muertos. Cuando el dolor del mundo desborda las acequias, los ríos, las entrañas profundas de la tierra, entonces, entonces ¿qué hacen los poetas? “Da miedo ser poeta; da miedo ser un hombre
consciente del lamento que exhala cuanto existe
Da miedo decir alto lo que el mundo silencia.(…)”
Los versos de Celaya retumban en el profundo y oscuro abismo de las conciencias dormidas. ¿Es que no oís, poetas? ¿Escucháis al poeta prometeico allí, en las alturas inexpugnables de vuestras atalayas, de vuestras altas torres? “Pensadlo: ser poeta no es decirse a sí mismo.
Es asumir la pena de todo lo existente”
¿Qué me decís poetas? ¿Qué sólo la belleza merece ser cantada? ¿O es que no hay más penas que las propias, dignas de vuestros versos de cristal y de mármol? ¿No hay ceniza, no hay barro?
Hoy el viento ha traído una voz que me llama y me pide que cargue “con el peso mortal de lo no dicho”. Represión
Cárceles, rejas ,cadenas,
muros, tapias, cementerios.
Niños escuálidos, tristes.
Hambre, miseria y silencio…
Marisa de la Peña (La memora herida)
Y ahora, poetas, contestad…Estamos esperando vuestros versos.
Con la noche a cuestas
Lara y yo pensamos
en los oscuros días
que gastarán los calendarios.
Repletos de leyes taradas
y de sociedades puras
que muestran sin pudor
sus vómitos con pedigrí.
Una vez más Oriente
con su alambre fiel
sigue mordiéndonos las pupilas.
Marta Navarro . Ocho islas y un invierno.
“Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos”
Mi primer descubrimiento literario cuando llegué a la universidad fueron los Sonetos del amor oscuro. Ya conocía al Lorca del Romancero gitano y de Poeta en Nueva York, pero los Sonetos y el Diván del Tamarit marcaron, junto al museo de Arte Contemporáneo y a Silvio Rodríguez, aquel otoño de 1986.
Los versos de Lorca se fueron enredando con aquellos días de descubrimientos, de presagios, de promesas…
Y así, los versos y las vivencias van unidos irremediablemente:”Noche arriba los dos con luna llena”, (y la lluvia en los parques) ,”llorabas tú por hondas lejanías”, (y los soportales de Moncloa), “ Tengo miedo a perder la maravilla de tus ojos de estatua”, (y las paradas de autobús), ”En vano espero tu palabra escrita”, (y una chaqueta negra), ”No me dejes perder lo que he ganado”, (y un abrigo rojo), “Quiero llorar mi pena y te lo digo”, (y una bufanda gris), ”para que tú me quieras y me llores” ( y un cálido abrazo), ”con un puñal, con besos y contigo”, (y unas manos temblorosas),” Esa guirnalda, pronto, que me muero”, (y unos labios recién encontrados) ,” Pero pronto, que unidos, enlazados”, (y un deseo detenido en un espejo) ,“boca rota de amor y alma mordida/el tiempo nos encuentre destrozados”.
Al igual que las magdalenas de Proust, cada vez que releo los sonetos o las casidas, vienen a mí los recuerdos como una bandada de aves migratorias, que , dejando atrás el frío del olvido, regresan a los cálidos humedales de la memoria.
Lo más indignante del caso del poeta Luis García Montero, no es que deje la universidad de Granada, ni que la opinión pública ande dilucidando si debería o no haber proferido tal o cual insulto, o si debería haber guardado las formas y no dejarse provocar, o si es un protegido de tal o cual medio de masas, o si es una simple pataleta pública, o si se ha vendido al capitalismo por usar la palabra escaparate en sus poemas (sic)… En fin, a mí lo que realmente me preocupa es que estudiosos de la literatura llamen fascista a Lorca; más concretamente, digan que su obra es un reflejo burgués que alimenta el entramado ideológico del que se nutrirá el fascismo. Ese enfoque es un despropósito de dimensiones tan grandes que los que hemos estudiado a fondo su vida y su obra, y hemos leído todos sus artículos, sus discursos de inauguración de bibliotecas, sus entrevistas, su correspondencia, sus poemas o sus prosas, no podemos por menos que indignarnos ante tamaña falsedad académica, por mucho que el autor se ampare en su derecho a defender cualquier teoría. Me entristece que desde las aulas universitarias, se retuerza y se emponzoñe un legado poético de tal altura, belleza y autenticidad amparándose en la aplicación de enfoques reduccionistas, dogmáticos, maniqueos y desvirtuadores de la grandeza de aquel hombre al que tanto quisieron y admiraron Machado, Miguel Hernández, Neruda, Alberti y otros muchos intelectuales y artistas, antifascistas e incluso revolucionarios y promarxistas de su época. En fin, si podemos buscar con lupa todo lo que no sea estrictamente ortodoxo, todo es susceptible de nuevos análisis y cualquier teoría es posible.
A pesar de todo nos quedan sus palabras que vuelan por encima de las cenizas de la infamia, por encima de los críticos ( estructuralistas, formalistas, historicistas, sociólogos de la literatura, estilistas, semiólogos…) y de otros posibles revisionistas de uno u otro pelaje , que insultan y emponzoñan la memoria de los que ya no están, buscando estéticas neopopularistas y coqueteos con el fascismo donde jamás hubo sino vocación artística, y entrega a la literatura por encima de todo.
Mi lectura de Lorca, exhaustiva y pormenorizada, nunca me hizo dudar de su profunda humanidad, su rechazo a la violencia fascista y su profundo respeto por la libertad de todos los colectivos y de todas las personas. Yo, que he sido educada en el librepensamiento, la tolerancia, la aversión por la injusticia, por los totalitarismos, por las barbaries, la violencia y los dogmatismos, en un entorno poco o nada sospechoso de fascismo, en una familia diezmada, perseguida, amordazada y represaliada por dicho régimen, nunca encontré en sus escritos un ápice de Futurismo deshumanizado a lo Marinetti, ni una exaltación de la fuerza o la patria, o el señoritismo andaluz del que se nutrieron las filas falangistas y ultraderechistas de preguerra. Nunca apoyó la dialéctica de los puños y las pistolas, nunca tuvo más afán que el de llevar el arte y la cultura a todas las clases sociales y defender la lectura, la creación de bibliotecas públicas y volar, alto y libre, por encima de todas las falacias, de la moral caduca y conservadora, y de los espíritus ramplones y pedantes. Yo saco mis conclusiones leyendo a Lorca y a García Montero, y sintiendo sus palabras en mis venas.
Quedémonos con las palabras, con los versos maravillosos de nuestros dos poetas y abandonemos al olvido, que es la más cruel de las derrotas, a los que no merecen ni ser nombrados.
BAJO LA LUZ QUEMADA…
Bajo la luz quemada,
tienen frío los ojos con que buscas
estas horas de octubre
y su jardín manchado de ginebra,
hojas secas, silencios
que de nosotros hablan al caerse.
Porque si ya no existe,
aunque nadie se ocupe de sus solemnidades,
hay noches en que llega la verdad,
ese huésped incómodo,
para dejarnos sucios, vacíos, sin tabaco,
como en un restaurante de sillas boca arriba
ya punto de cerrar.
-Nos están esperando.
Nada sé contestarte,
sólo que soy consciente de mi propia ironía,
porque el hombre es un lobo también consigo mismo
-Nos están esperando.
Negras y en alto, buitres silenciosos,
nos esperan las nubes en la calle.
Luis García Montero
ALMA AUSENTE
No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.
No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.
El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.
Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
(…)
F. Gª Lorca
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
F.García Lorca
Los poetas cantan. Los buitres carroñeros, sólo saben graznar, y volar en círculos esperando que otros despedacen a su presa para llevarse sus imposibles restos…
Ved qué congoxa la mía,
ved qué quexa desigual
que m’aquexa,
que me cresce cada día
un mal, teniendo otro mal
que no me dexa.
No me dexa ni me mata,
ni me libra ni me suelta
ni m’olvida,
mas de tal guisa me tracta
que la muerte anda revuelta
con mi vida. Jorge Manrique
Jorge Manrique es uno de esos poetas que nos acompaña desde nuestra primera lectura escolar; ésa en la que, con cierta torpeza, intentábamos comprender aquello de que la vida se nos va como un río, y que todos fluimos irremediablemente hacia el mar de la Muerte. Mientras procurábamos asumir nuestra caducidad, cosa harto difícil cuando se tienen quince años, los versos de Manrique, sonoros, graves, contenidos, se nos colaban por las junturas del alma y se hacían un hueco, y se acomodaban para siempre en nuestra memoria (”Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/ que es el morir…”).
El eco de aquellas coplas de pie quebrado, que aprendíamos por primera vez en un tiempo de juventud plena, en el que conjurábamos a la muerte con amores, canciones y saltos al vacío, se quedó allí alojado en el recuerdo y vuelve, sigue volviendo, cuando la muerte llama a nuestra puerta “tan callando”…
Pero el Manrique severo de la elegía no eclipsa al Manrique que maneja con maestría los temas y las formas de la lírica cancioneril. Y a pesar del formulismo inevitable, y de cierta impostura literaria que conlleva el cultivo de esta poesía, hay en él un sello de autenticidad, de verdad profunda que transciende el mero juego literario, la filigrana lingüística puesta al servicio del arte del buen trovar. Algo que nos emociona, nos inunda, produciéndose así la necesaria identificación con el poeta, mejor dicho, con el poema y con la voz poética que desde él nos habla y nos conmueve. Y no podemos sino deternos un momento, y dejarnos llevar.
Y sentimos entonces esa misma congoja, esa queja desigual ese dolor de siempre y de todos, y de nadie… y la muerte y la vida, en eterno combate. En fin, nada más, nada menos, que poesía…
Con dolorido cuidado,
desgrado, pena y dolor,
parto yo, triste amador
d’amores desamparado,
d’amores, que no d’amor.
Y el corazón enemigo
de lo que mi vida quiere,
ni halla vida, ni muere,
ni queda, ni va conmigo:
sin ventura, desdichado,
sin consuelo, sin favor,
parto yo triste amador,
d’amores desamparado,
d’amores, que no d’amor.
Jorge Manrique
Amor, amor
que estoy herido.
Herido de amor huido,
herido,
muerto de amor.
Decid a todos que ha sido
el ruiseñor.
Bisturí de cuatro filos,
garganta rota y olvido.
Cógeme la mano, amor,
que vengo muy mal herido,
herido de amor huido,
¡herido!
¡Muerto de amor!
Lorca
Cinco siglos separan estos textos. Cinco siglos de tradición y renovación, de antiguas fuentes en las que beber y nuevas sendas que recorrer. Las huellas que van dejando a su paso los escritores enriquecen el panorama literario. Cada nuevo autor aporta algo propio, y se apropia asimismo de lo que otros dejaron: temas, motivos, formas, estructuras, palabras…
Compartimos un valioso patrimonio artístico e idiomático que se remonta a los albores de nuestra lengua (aquel “román paladino”) e incluso más allá, en algunos aspectos que trascienden las lenguas.
Escribir es recorrer una senda ya andada: la senda de los clásicos, la del medievo, la de los siglos áureos, la de los clasicistas, la del Romanticismo, la de los realistas, la de los finiseculares, la de los vanguardistas, la del 27, la de los escritores de posguerra, la de los nuevos realistas, o la de los experimentalistas… Siempre hay alguien que se miró en la fuente que ahora contemplamos. Pero cada poema, cada texto, cada historia, es una nueva versión irrepetible que tal vez nadie lea, o lea todo el mundo, o tan sólo unos pocos… ¡Y qué importa! La literatura no sabe de estadísticas, de eso ya se preocupan los que han hecho de ella un negocio y deciden considerarla rentable o no rentable, al margen de su calidad o su belleza. La buena literatura siempre se abre paso (aunque tengan que pasar siglos para que así sea…)
Manrique alimentó su ingenio con la tradición trovadoresca, y Lorca, a su vez, siguió también las huellas de Manrique y de los que le retomaron. ¿Y, a caso, eso le resta calidad y belleza?
La memoria literaria es un largo y caudaloso río que se nutre de todos los que hasta ella llegan, vengan de donde vengan o vayan a donde vayan. Siempre habrá lectores, y estudiosos y críticos, que se acercarán a las obras desde diferentes perspectivas. A mí, personalmente, me gusta rastrear las huellas de los que nos precedieron y contemplar como un hilo invisible nos une a ellos… Me gustan los escritores que innovan sin temor ni desprecio por la tradición. Porque, al fin y al cabo, tal vez todo se reduce a “tres heridas: la del amor, la del muerte, la de la vida”.
Aún se queja su alma vagamente,
el oscuro vacío de su vida.
Más no pueden pesar sobre esa sombra
algunas violetas,
y es grato así dejarlas,
frescas entre la niebla,
con la alegría de una menuda cosa pura
que rescatara aquel dolor antiguo.
Quien habla ya a los muertos,
mudo le hallan los que viven.
Y en este otro silencio, donde el miedo impera,
recoger esas flores una a una
breve consuelo ha sido entre los días
cuya huella sangrienta llevan las espaldas
por el odio cargadas con una piedra inútil.
Si la muerte apacigua
tu boca amarga de Dios insatisfecha,
acepta un don tan leve, sombra sentimental,
en esa paz que bajo tierra te esperaba,
brotando en hierba, viento y luz silvestres,
el fiel y último encanto de estar solo.
Curado de la vida, por una vez sonríe,
pálido rostro de pasión y de hastío.
Mira las calles viejas por donde fuiste errante,
el farol azulado que te guiara, carne yerta,
al regresar del baile o del sucio periódico,
y las fuentes de mármol entre palmas:
aguas y hojas, bálsamo del triste.
La tierra ha sido medida por los hombres,
con sus casas estrechas y matrimonios sórdidos,
su venenosa opinión pública y sus revoluciones
más crueles e injustas que las leyes,
como inmenso bostezo demoníaco;
no hay sitio en ella para el hombre solo,
hijo desnudo y deslumbrante del divino pensamiento.
Y nuestra gran madrastra, mírala hoy deshecha,
miserable y aún bella entre las tumbas grises
de los que como tú, nacidos en su estepa,
vieron mientras vivían morirse la esperanza,
y gritaron entonces, sumidos por tinieblas,
a hermanos irrisorios que jamás escucharon. Escribir en España no es llorar, es morir,
porque muere la inspiración envuelta en humo,
cuando no va su llama libre en pos del aire.
Así, cuando el amor, el tierno monstruo rubio,
volvió contra ti mismo tantas ternuras vanas,
tu mano abrió de un tiro, roja y vasta, la muerte.
Libre y tranquilo quedaste en fin un día,
aunque tu voz sin ti abrió un dejo indeleble.
Es breve la palabra como el canto de un pájaro,
mas un claro jirón puede prenderse en ella
de embriaguez, pasión, belleza fugitivas,
y subir, ángel vigía que atestigua del hombre,
allá hasta la región celeste e impasible.
Luis Cernuda
Ésta siempre me pareció una de las elegías más conmovedoras que he leído. Junto a la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández, Las coplas de Jorge Manrique y El llanto por Ignacio Sánchez Mejías (especialmente “Alma ausente”) de Lorca forman un cuarteto conmovedor hasta la médula.
En el instituto donde imparto mis clases de lengua y literatura (porque yo me dedico a ese denostado y poco “glamuroso” oficio de enseñar lo que sé, o al menos de intentarlo) todo son preparativos para celebrar en Marzo el centenario del nacimiento de Larra. Todos, profesores y alumnos, buscamos textos, fotografías, libros, para hacer una exposición y varios actos conmemorativos. Porque celebrar haber tenido un genio de la literatura que se adelantó a su tiempo, tanto que aún sigue siendo rabiosamente actual, es siempre de agradecer. Eso y la magnífica entrada de Juan Antonio González Romano sobre Larra me han llevado a recordar este poema y a traerlo hasta aquí.
Leer a Larra nos ayuda a comprender una época de extremos y cambios, y nos acerca a un autor con un dominio magistral del idioma. Leer a Larra nos hace comprender mejor la España de entonces, la de ahora, y la que ha de venir. Leer a Larra es también contemplar el alma atormentada de un rebelde, hastiado de lo que le rodeaba, desesperado, angustiado, profundamente humano en el abismo.
“Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza!
¡Silencio, silencio!”
Su último artículo, Nochebuena de 1936, es estremecedor y nos revela la enorme lucidez de quien había de quitarse la vida a penas dos meses después.
“Tú eres literato y escritor, y ¡qué tormentos no te hace pasar tu amor propio, ajado diariamente por la indiferencia de unos, por la envidia de otros, por el rencor de muchos! (…)
Tú lees dia y noche buscando la verdad en los libros hoja por hoja, y sufres de no encontrarla ni escrita. Ente ridículo, bailas sin alegría; tu movimiento turbulento es el movimiento de la llama, que, sin gozar ella, quema. (…)Una lágrima preñada de horror y de desesperación surcaba mi mejilla, ajada ya por el dolor. A la mañana, amo y criado yacían, aquél en el lecho, éste en el suelo. El primero tenía todavía abiertos los ojos y los clavaba con delirio y con delicia en una caja amarilla donde se leía mañana. ¿Llegará ese mañana fatídico? ¿Qué encerraba la caja? En tanto, la noche buena era pasada, y el mundo todo, a mis barbas, cuando hablaba de ella, la seguía llamando noche buena. ”
Fueron los escritores finiseculares que miraban a España con dolor, firmeza y deseos de cambio, los que le rescataron del olvido. Y de todos ellos me quedo, para la reflexión y para el recuerdo, con las palabras de nuestro gran poeta: “La obra de Larra estaba acabada allí donde él la dejó –escribió Antonio Machado-, y fue el suicidio su último y definitivo artículo de costumbre”.
No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas …
Walt Whitman
¡Qué grande Whitman! ( “Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson/con la barba hacia el polo y las manos abiertas”...Oda A W. Whitman de Lorca). Yo lo leí por primera vez un verano del “siglo pasado” (correría el año 89 o 90) en la playa de Rosas, en Gerona. Recuerdo el mar, una playa muy poco concurrida, y mi libro de Whitman lleno de arena, una arena muy fina que yo me empeñaba inútilmente en desterrar de sus hojas. Me lo traje así, lleno de arena, abombado en alguna de sus páginas, y así reposa todavía en las desordenadas estanterías de mi librería.
Ha venido hasta mí aquel “Canto a mí mismo” leído en un instante de juventud plena; y han venido hasta mí aquellos veinte años, con todas esas cosas que nos quedaban aún por aprender… Sus palabras son ahora para mí bálsamo de un maestro. Y no dejaré de soñar, no dejaré de aportar mis estrofas por mucho que las caricias se transformen en dardos o puñales, por mucho que me cerquen los silencios de los que me quisieran invisible. No dejaré que me invadan las sombras del abismo (”todo en tu propio corazón lo tienes”), ni que caigan sobre mí las hojas de un otoño envenenado, porque yo sé quién soy y qué me pertenece: la voz libre en el viento, la palabra sin yugo, la risa de mis hijos, el legado de aquellos que me precedieron y el horizonte amplio que me ofrecen todos los que caminan a mi lado. Y me canto a mí misma, y me celebro, y dejo en mis palabras el aliento futuro que habrán de recoger aquellos que, algún día, nos sucedan…