Descubrir la poesía
Lunes, 28 de Marzo de 2011—–
Amo la poesía desde mucho antes de lo que me es posible recordar. Crecí con ella, era mi refugio y mi asidero. Entre los libros y los versos me sentía feliz y a salvo. Recuerdo que en 1981 mi padre me regaló Soledades, galerías y otros poemas. Aún sigue conmigo. Tenía doce años, y en la primera hoja todavía aparecen , con los trazos cuidados y redondos de adolescente oficiante de un rito, las palabras que le escribí al poeta, al que yo consideraba mi maestro y confidente.
“Mi querido Machado: (y el punto de la “i” es redondo, perfecto, y en él se encierra el mundo)Tal vez las simples palabras de una adolescente ( la “T” está algo inclinada, temerosa, distante del resto de las letras)no pueden acercarse a tus palabras, que como gotas de agua, amargas por la pena o la melancolía ( y la tilde recae sobre la “í” segura de sí misma) salen de tu alma de poeta.(Ahora un punto y aparte seguido de sangría, meticulosamente comprobada, como si D.Antonio fuera a pasar por ella sus ojos ya cerrados en Colliure…).
Te has convertido en mi fiel compañero en los momentos tristes( y la “s” es sinuosa, dibujada, en un trazo seguida de la “e” que la acompaña, abrazadas las dos)en que se busca un por qué y contesta otra pregunta (la “g” inunda en su trazo la palabra abarcando el espacio de la “e” que antecede, elegante, segura).
Gracias ( y el trazo titubea, pero luego se crece y recupera firme su entereza), por tener un alma tan hermosa, tan buena, y darla a conocer en tus poemas, que la han convertido en eterna ( no hay punto, ese punto y final tan necesario; en su lugar, la “a” rubrica su final en una curvatura innecesaria, pero llena de amor por la poesía). El libro está amarillo, dobladas por las puntas algunas hojas sueltas. Subrayado este verso en una hoja muy marcada“Hoy dista mucho de ayer, ayer es nunca jamás”, y luego nuevamente , a lápiz, por supuesto, encerrado entre llaves, “no te verán mis ojos/mi corazón te aguarda”.
Entonces no importaban nada más que los versos, el saber que llenaban mis huecos más profundos y le daban sentido a mis extraños miedos y a mi melancolía.
Han pasado los años, tantos, que me hasta me asusta pensar en esa niña que fui. La poesía era entonces mi terreno acotado, privado, personal, intransferible. Luego estudié poesía ( autores, movimientos, recursos, estilística, métrica, géneros, intertextualidad…), analicé poesía, diseccioné poesía, y hasta escribí poesía, en un osado intento de hacer mía la palabra, de apresar el enigma y darle forma.
Por fin he comprendido que es irrecuperable aquel idilio que mantuve un día, aquel extrañamiento delicioso, aquel descubrimiento inexplicable de palabras que fui haciendo mías, de versos que grababa en mi memoria. A la poesía le debo mucho de lo que soy, puede que incluso todo. Pero nada es igual ahora, ya no hay pureza, ni entrega desinteresada, ni embriaguez de un poema mil veces repetido. Ojalá todo fuera como antes, y no hubiera intereses creados, ni falsas palmaditas en la espalda, ni egos malheridos, ni envidias malsanas, ni oscuras susceptibilidades, ni promesas fallidas, ni ambición , ni fracasos…
Y Machado me mira, parece que sonríe, en aquella portada de un libro necesario que me salvó del mundo , hace ahora tantos años. Y parece decirme que la poesía es eso: encuentro con el otro, reconocimiento, entrega y emoción, simbiosis, conocimiento y descubrimiento. Yo lo sentí una vez, y no quiero perderlo.





